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Jueves 15 de agosto de 2002. Núm. 92 
CONVERSACIONES CON MAURICE HERZOG
 
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Uno de los personajes más famosos en la historia del montañismo es, sin duda, Maurice Herzog quien, junto con Louis Lachenal, llegaran a la cumbre del Annapurna el 3 de junio de 1950, el primer ocho mil ascendido por el hombre. ¿Qué fue de Herzog después de la expedición al Annapurna? Las conversaciones con Feran Latorre nos muestran a un hombre que está más allá del idealismo con que ha sido tratado muchas veces y se encuentra a un hombre cabal.
Carlos Rangel Plasencia


Ferran Latorre. Conversaciones con Maurice Herzog. Ediciones Desnivel, Madrid. 2002. 144 páginas. ISBN: 84-95760-36-3

Cuando llegaba al límite de lo conocido y regresaba, podía evocar a Alejandro el Grande: “Aquí el mundo acaba”.

La montaña tiene su lado místico en el sentido de que un hombre, y en este caso un alpinista, se realiza, al conquistar una montaña, mucho más si es en condiciones muy duras.

...seguía fiel a mi pasión, a la de la aventura del hombre, que no ocurre sólo en una montaña. Un ideal no puede estar especializado. Existe en todas partes, en todos los dominios. Si la aventura es una, el terreno es múltiple.



Maurice Herzog es, quizá, uno de los personajes en el mundo del montañismo que ha dejado una fuerte huella en nuestro deporte. Su libro “Annapurna, primer ocho mil” ha sido traducida a más de veinte idiomas y se ha vendido por millones. En muchos casos, es éste el libro que ha motivado a muchos actuales alpinistas a ir a la montaña pero, de cualquier forma, es quizá el éxito más impresionante en la literatura de montaña.

Pero ¿quién es Maurice Herzog? ¿qué fue de él después de la famosa expedición al Annapurna? Las conversaciones que Ferran Latorre mantiene en la embajada francesa en España con el ex ministro de Juventud y Deporte francés tienen precisamente este objetivo: acercarnos a alguien de quien no sabemos si “¿Estoy delante de un hombre que la historia ha hecho grande, o estoy delante de un gran hombre, sin más?” (p. 12)

Las preguntas siempre giran en torno al Annapurna, se trate de opiniones sobre su país, sobre la política o el montañismo mismo, pues Herzog declara que en esa montaña volvió a nacer: “Viví el milagro de volver a cruzar la frontera de la vida para regresar a ella...” (p. 68)

Para el lector conocedor pueden parecer preguntas demasiado obvias o incluso pueden faltar algunas preguntas importantes, pero lo cierto es que la transcripción de las conversaciones muestran a un Herzog más real, hombre que parece perder la paciencia cuando se le pregunta si las opiniones de los Cuadernos del vértigo Louis Lachenal son opuestas a lo que él había ya manifestado en su libro:

“Escuche. Fui yo quien organizó esa expedición. Fui yo quien llegó a la cumbre del Annapurna y, en cierto modo, fui yo quien dirigió la cordada de cumbre con Lachenal. Y lo más importante, durante la expedición monté casi todos los campos de altura y jamás abandoné.” (p. 88)

Quizá parezca algo agresiva esta respuesta pero estamos a mitad de las conversaciones. Además, le da la razón a Lachenal en lo que respecta a la apreciación de la montaña:

“Para Lachenal, aquella era una cumbre más. En consecuencia, había que actuar como en otras montañas: cada segundo que pasaba nos ponía en peligro. En cambio para mí, esa cumbre era absolutamente distinta a todas las demás. Eso es algo que sencillamente se siente o, mejor, se presiente.” (p. 57)

Pero lo contradice en algo importante: “Da a entender que siguió conmigo para salvarme. Pero yo le puedo asegurar que eso es absolutamente falso y una completa invención... Si quería de veras salvarme, ¿por qué me dejó solo en la cumbre y se fue sin esperarme?” (p. 88)

Lo importante no es la discrepancia entre dos personajes que vivieron una misma aventura del hombre y que, por desgracia, ha acicateado el morbo de muchos. La verdadera importancia está en que después de haber ascendido el primer ocho mil, , regresó a la montaña, aunque con otros objetivos más modestos.

“La montaña lo era todo para mí, había vivido en ella los momentos más bellos de mi vida. Me acuerdo de que le confesaba [a Terray] casi diría a modo de súplica, que me conformaba sencillamente con poder volver a ella. Pero, aún así, no estaba seguro ni de eso.” (p. 76) “Con la invalidez que sufría, no podía aspirar a las ascensiones que realmente me motivaban y sin esta motivación, es muy difícil seguir plenamente practicando el alpinismo, con toda la dedicación necesaria.” (p. 78)

Las opiniones que vierte en las conversaciones alcanzan a las expediciones comerciales, las competencias de escalada y a la ética del montañismo por sí. De las primeras dice:

“Yo creo que entre este flujo de alpinistas, e incluso de los que no son alpinistas, que van al Everest hay gente admirable que ha agotado casi todas sus posibilidades... Pero hay también una derivación comercial en la que hay una exageración manifiesta, casi escandalosa. Llevar al Everest, como hacen los guías, a gente que no ha estado casi nunca en la alta montaña, me parece indecente.” (p. 118)

Las competencias “Desde luego que no comparten el espíritu de la alta montaña. Tan sólo utilizan la naturaleza como escenario. Pero podrían prescindir de ella y no perder su esencia, algo imposible en el alpinismo. Lamentablemente, los medios de comunicación no dejan clara esta gran diferencia, y el público tiende a confundir dos actividades que en realidad son muy diferentes.” (p. 124-125) No le agradan “Pero entienda que yo me alimenté de otro espíritu muy distinto.” (p. 127)

Alpinista de mitad del siglo XX, tiene la convicción de que Mallory e Irvine no llegaron a la cumbre del Everest porque “La dificultad del segundo escalón, a esa altura y en esas circunstancias, me parece insalvable.” (p. 118)

Quizá lo más importante de las conversaciones sea la postura hacia la montaña, de la que piensa:

“A mí el resto del mundo me daba igual. Lo mío era una pasión personal que no quería que fuera pública. A veces creo que se trata más de una cuestión de amor o atracción por una montaña. Empezamos a fijarnos más en una que en otra, y luego acabamos, en cierto modo, amándola.” (p. 116)

Un tema muy importante lo destaca en pocas palabras:

“Un alpinista, si verdaderamente se considera como tal, no tendría que mentir. Creo en la nobleza de la gente de montaña, una condición que debería reemplazar de por sí cualquier prueba.” (p. 125) porque “Si un alpinista miente, con el tiempo, se acaba descubriendo.” (p. 126)

Libro sorprendente, no deja de asombrar la personalidad de un hombre que “...estaba decidido a morir en mi montaña.” (p. 63)


FE DE ERRATAS
En la penúltima fotografía (de cara a la página 73) el pie de foto dice: “Saludando al público durante una visita a la Librería Desnivel en octubre de 2002”. La fecha es octubre de 2001.

Copyright © Carlos Rangel Plasencia, 2002

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